jueves, 27 de agosto de 2026

#5 El oficio que nadie te avisa que vas a tener

Esto lo vengo masticando hace rato y creo que ya es hora de decirlo en voz alta.

Cuando arrancás con esto de hacer un cómic, en tu cabeza el trabajo es uno solo: escribir bien, dibujar bien. En mi caso con el cuaderno, José con el lápiz, y el resto es detalle. Esa es la fantasía con la que uno se sienta por primera vez a inventar un mundo. Y no es solo cosa de historietistas, eh — le pasa igual al que pinta, al que hace música, al que escribe cuentos en su casa un domingo. Todos arrancamos pensando que el oficio termina en la obra.

La realidad te cachetea bastante rápido, y encima se ríe mientras lo hace.

Porque hoy no alcanza con hacerlo bien. Hay que ofrendarlo. Y digo ofrendarlo en serio, porque terminás tratando al algoritmo como si fuera una criatura mitológica a la que hay que caerle en gracia. Una especie de dios menor, caprichoso, que no lee guiones ni mira composición ni le importa un carajo cuántas noches perdiste puliendo una viñeta. Solo quiere saber si lo entretenés en los primeros tres segundos. Si le fallás ese instante, no hay apelación, no hay segunda oportunidad: te manda derechito al fondo del feed, a la nada, a competir con un gato que estornuda.

Así que ahí estás, con tu cómic de fantasía terminado, pensando en portadas que "peguen", en horarios sagrados de publicación, en qué palabra mágica poner arriba del posteo para que el dios algoritmo te sonría un rato. Ya no sos guionista. Sos algo entre publicista, chamán y probador de suerte.

Nadie se sienta a pintar un cuadro, a componer una canción o a inventar un mundo de fantasía pensando "hoy quiero armar un calendario de contenidos y estudiar el comportamiento de una red social". Uno quiere contar algo. Pero si no aprendés estos otros oficios — todos ajenos al arte, todos con olor a planilla de Excel — lo que hiciste se queda guardado en un cajón.

No me quejo del todo, ojo. Hay algo raro y hasta divertido en armar vos mismo cómo se ve tu mundo de punta a punta, no solo la historia sino la forma en que llega. Pero quiero que quede dicho, para el que está arrancando y piensa que alcanza con saber escribir y dibujar: no alcanza, ya no. Vas a terminar siendo un poco de todo — creativo, editor, community manager y devoto de una religión sin dogma fijo que cambia las reglas cada seis meses sin avisar.

Y en el medio de ese "todo", en algún resquicio que te queda libre, tenés que encontrar el tiempo para seguir siendo, ante todo, el que cuenta la historia.

Total: ¿Qué es escribir un cómic de fantasía comparado con tratar de entender a un dios digital que cambia las reglas en cada actualización? 




jueves, 6 de agosto de 2026

#4 Un martes cualquiera

No todos los posteos van a ser sobre epifanías, así que les debo uno sobre lo contrario.

El martes pasado me senté a las nueve de la noche con el cuaderno abierto y la cabeza en blanco. Nada. Ni una idea suelta, ni un gag, ni ganas. Miré la hoja como quien mira a alguien esperando que hable primero.

Y quiero pararme un segundo acá, porque esta parte casi nunca se cuenta bien. La falta de inspiración no es dramática. No es una tormenta ni un bloqueo con música triste de fondo. Es más aburrida que eso: es no sentir nada. Ni ganas de escribir Medrín, ni ganas de escribir cualquier otra cosa. El cuaderno ahí, la lapicera ahí, y una sensación rarísima de estar mirando una pileta vacía esperando que se llene sola.

Lo peor no es la hoja en blanco. Es la sospecha que viene con ella: "¿y si ya se me acabaron las ideas? ¿Y si esta vez no vuelve?". Uno sabe, racionalmente, que ya pasó por esto mil veces y siempre apareció algo. Pero en el momento esa lógica no consuela nada. El cuerpo cree que esta vez es distinto, que esta vez sí es en serio.

Podría haber cerrado el cuaderno ahí. Nadie me estaba controlando, no hay editorial atrás mío con fecha de entrega. Pero me quedé sentado igual, más por terquedad que por inspiración. Casi por bronca, la verdad. Como diciéndole a la hoja: "no me vas a ganar hoy".

Empecé a escribir cualquier cosa. Diálogos sueltos sin sentido, frases que no iban a ningún lado, un personaje discutiendo con otro sobre nada en particular. Sabía que la mayoría de eso iba a la basura, y estaba bien así. No era escribir para producir, era escribir para destrabar. Un ejercicio más parecido a estirar antes de correr que a correr en sí.

Al cabo de cuarenta minutos de esa nada, en medio de un diálogo que no iba a ningún lado, apareció una línea que sí sirvió. No una escena entera, no una revelación. Una frase. Chiquita. Pero tenía ese clic que las buenas ideas tienen, ese "ahí está" que no se puede fingir.

La anoté, cerré el cuaderno, y me fui a dormir sintiendo que había ganado algo, aunque en los hechos "solo" tenía una oración.

Esa es la parte que no se ve en las redes: la disciplina fea, la que no tiene foto linda de cuaderno con luz de atardecer. Es sentarse aunque no tengas ganas, aunque no venga nada, aunque durante cuarenta minutos la cabeza esté más vacía que una heladera a fin de mes. Porque a veces lo único que separa un martes vacío de una idea buena es quedarte quince minutos más de lo que tenías planeado.

Medrín también se hizo de esos martes.


sábado, 4 de abril de 2026

#3 Diario de Medrín - ¿Qué pasa con las ideas después de anotarlas?

En muchas ocasiones, el cuaderno donde voy anotando el guion de Medrín: Tierra de Aventuras se convierte en un jeroglífico.

Mi letra mezcla cursiva e imprenta —quizás por mi paso por un colegio técnico— y a eso se suman papeles pequeños, con trazos rápidos y efusivos, donde anoto ideas sueltas o diálogos entre los hermanos.

Con todo ese material, llega un momento en el que necesito ordenar.

Evalúo qué queda y qué no. Qué descarto definitivamente. A veces paso semanas buscando el remate justo para una escena, esa palabra que le dé sentido.

Cuando aparece, es liberador.

Encontrar el sinónimo preciso, esa sinergia entre los personajes… hace que todo encaje. Pero casi de inmediato surgen nuevos problemas.

No todas las ideas funcionan en el momento en que estoy escribiendo. Algunas no encajan con la historia actual. Pero no las descarto: las guardo.

Tal vez más adelante encuentren su lugar.

En algún momento, pueden convertirse en parte del lore de Medrín.

No todo lo que anoto termina en la historia…

pero todo forma parte del mundo.


Dugon y Marer pintados con la paleta de colores de Trunks y Bulma

jueves, 2 de abril de 2026

#2 Diario de Medrín - Entrevista a José Rombolá


Le hice una entrevista a José Rombolá, el dibujante de Medrín. Nos conto sobre sus comienzos como dibujante, los desafíos que tuvo que superar, la opinión del mercado actual y que piensa del proyecto "Medrín: Tierra de aventuras."

Te dejo el link debajo. 



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miércoles, 18 de marzo de 2026

#1 Diario de Medrin - Dónde nacen las ideas

Las ideas de Medrín: Tierra de Aventuras no aparecen cuando estoy frente a la pantalla.

Aparecen cuando estoy desconectado. En esos momentos —lejos de las redes sociales, sin distracciones— algo se activa. Una escena, un diálogo, una idea suelta. Y sé que si no la atrapo en ese instante, se pierde.

Ahí entra el cuaderno.

Lo abro rápido y anoto como puedo. Es casi una explosión: palabras sueltas, frases incompletas, letras que a veces ni yo entiendo. Pienso más rápido de lo que escribo, y el resultado es caótico. Pero funciona.

En estas páginas hay de todo:

  • escenas

  • pequeños gags

  • ideas sueltas

  • fragmentos de mundo

Al principio es puro desorden. Después, con el tiempo, ese caos empieza a tomar forma. Muchas de esas anotaciones terminan convirtiéndose en parte del lore de Medrin, en conceptos que sostienen la historia.

También aprendí algo clave: si no lo escribo, lo pierdo.

Por eso ese cuaderno no es solo una herramienta.
Es, de alguna forma, la semilla del mundo de Medrín: Tierra de Aventuras. 

Acá te dejo algunos ejemplos.