jueves, 6 de agosto de 2026

#4 Un martes cualquiera

No todos los posteos van a ser sobre epifanías, así que les debo uno sobre lo contrario.

El martes pasado me senté a las nueve de la noche con el cuaderno abierto y la cabeza en blanco. Nada. Ni una idea suelta, ni un gag, ni ganas. Miré la hoja como quien mira a alguien esperando que hable primero.

Y quiero pararme un segundo acá, porque esta parte casi nunca se cuenta bien. La falta de inspiración no es dramática. No es una tormenta ni un bloqueo con música triste de fondo. Es más aburrida que eso: es no sentir nada. Ni ganas de escribir Medrín, ni ganas de escribir cualquier otra cosa. El cuaderno ahí, la lapicera ahí, y una sensación rarísima de estar mirando una pileta vacía esperando que se llene sola.

Lo peor no es la hoja en blanco. Es la sospecha que viene con ella: "¿y si ya se me acabaron las ideas? ¿Y si esta vez no vuelve?". Uno sabe, racionalmente, que ya pasó por esto mil veces y siempre apareció algo. Pero en el momento esa lógica no consuela nada. El cuerpo cree que esta vez es distinto, que esta vez sí es en serio.

Podría haber cerrado el cuaderno ahí. Nadie me estaba controlando, no hay editorial atrás mío con fecha de entrega. Pero me quedé sentado igual, más por terquedad que por inspiración. Casi por bronca, la verdad. Como diciéndole a la hoja: "no me vas a ganar hoy".

Empecé a escribir cualquier cosa. Diálogos sueltos sin sentido, frases que no iban a ningún lado, un personaje discutiendo con otro sobre nada en particular. Sabía que la mayoría de eso iba a la basura, y estaba bien así. No era escribir para producir, era escribir para destrabar. Un ejercicio más parecido a estirar antes de correr que a correr en sí.

Al cabo de cuarenta minutos de esa nada, en medio de un diálogo que no iba a ningún lado, apareció una línea que sí sirvió. No una escena entera, no una revelación. Una frase. Chiquita. Pero tenía ese clic que las buenas ideas tienen, ese "ahí está" que no se puede fingir.

La anoté, cerré el cuaderno, y me fui a dormir sintiendo que había ganado algo, aunque en los hechos "solo" tenía una oración.

Esa es la parte que no se ve en las redes: la disciplina fea, la que no tiene foto linda de cuaderno con luz de atardecer. Es sentarse aunque no tengas ganas, aunque no venga nada, aunque durante cuarenta minutos la cabeza esté más vacía que una heladera a fin de mes. Porque a veces lo único que separa un martes vacío de una idea buena es quedarte quince minutos más de lo que tenías planeado.

Medrín también se hizo de esos martes.


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