Esto lo vengo masticando hace rato y creo que ya es hora de decirlo en voz alta.
Cuando arrancás con esto de hacer un cómic, en tu cabeza el trabajo es uno solo: escribir bien, dibujar bien. En mi caso con el cuaderno, José con el lápiz, y el resto es detalle. Esa es la fantasía con la que uno se sienta por primera vez a inventar un mundo. Y no es solo cosa de historietistas, eh — le pasa igual al que pinta, al que hace música, al que escribe cuentos en su casa un domingo. Todos arrancamos pensando que el oficio termina en la obra.
La realidad te cachetea bastante rápido, y encima se ríe mientras lo hace.
Porque hoy no alcanza con hacerlo bien. Hay que ofrendarlo. Y digo ofrendarlo en serio, porque terminás tratando al algoritmo como si fuera una criatura mitológica a la que hay que caerle en gracia. Una especie de dios menor, caprichoso, que no lee guiones ni mira composición ni le importa un carajo cuántas noches perdiste puliendo una viñeta. Solo quiere saber si lo entretenés en los primeros tres segundos. Si le fallás ese instante, no hay apelación, no hay segunda oportunidad: te manda derechito al fondo del feed, a la nada, a competir con un gato que estornuda.
Así que ahí estás, con tu cómic de fantasía terminado, pensando en portadas que "peguen", en horarios sagrados de publicación, en qué palabra mágica poner arriba del posteo para que el dios algoritmo te sonría un rato. Ya no sos guionista. Sos algo entre publicista, chamán y probador de suerte.
Nadie se sienta a pintar un cuadro, a componer una canción o a inventar un mundo de fantasía pensando "hoy quiero armar un calendario de contenidos y estudiar el comportamiento de una red social". Uno quiere contar algo. Pero si no aprendés estos otros oficios — todos ajenos al arte, todos con olor a planilla de Excel — lo que hiciste se queda guardado en un cajón.
No me quejo del todo, ojo. Hay algo raro y hasta divertido en armar vos mismo cómo se ve tu mundo de punta a punta, no solo la historia sino la forma en que llega. Pero quiero que quede dicho, para el que está arrancando y piensa que alcanza con saber escribir y dibujar: no alcanza, ya no. Vas a terminar siendo un poco de todo — creativo, editor, community manager y devoto de una religión sin dogma fijo que cambia las reglas cada seis meses sin avisar.
Y en el medio de ese "todo", en algún resquicio que te queda libre, tenés que encontrar el tiempo para seguir siendo, ante todo, el que cuenta la historia.
Total: ¿Qué es escribir un cómic de fantasía comparado con tratar de entender a un dios digital que cambia las reglas en cada actualización?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario